“Es un ave… es un avión… ¡no!, es…” ¡¿Por qué a mí?! Parte III

Alejandro Borgo

¿Creemos lo que vemos o vemos lo que creemos?

De acuerdo a lo investigado a la actualidad, ocurre un poco de las dos cosas. Pero la pregunta hace referencia a algo más sutil, que creo que a esta altura ya usted habrá imaginado. Si bien pasan cosas increíbles, éstas no son habituales. Lo habitual es que creamos lo que vemos simplemente porque está ahí, delante de nuestros ojos. Si es algo banal, creo que no habrá ningún problema: un auto es un auto, la oficina es la oficina, una computadora es una computadora. Pero ¿qué pasa cuando nos encontramos con algo que no podemos explicar e intentamos interpretarlo? Generalmente lo haremos a la luz de nuestras creencias o de lo que hayamos vivido, es decir, de nuestras experiencias. Buscaremos patrones, cotejaremos formas, recordaremos alguna vivencia similar. De allí que la gente religiosa suela ver ángeles y vírgenes o la cara de Jesucristo en una mancha de humedad o sienta una “presencia divina” mientras se encuentra en un estado de éxtasis, o los aficionados a los OVNIs suelan ver platos voladores cuando una luz se mueve en el cielo nocturno. Si tuviésemos que ser objetivos, no podríamos hablar de ángeles o de naves extraterrestres: tendríamos que contentarnos con manchas y luces y tolerar la incertidumbre.

Algo similar ocurre con el fenómeno llamado déjà vu. Supongo que le habrá ocurrido pasar por una situación que creyó haber vivido con anterioridad. La sensación es tan fuerte que uno no puede creer que se trate de algo imaginario. Usted fue a una ciudad en la que nunca había estado, entró en una casa donde nunca había ido, y sin embargo le parece que ya lo vivió. Recuerda detalles y hasta le parece que puede predecir lo que va a ocurrir… ¿Cómo puede haber vivido algo en ese lugar y en esa casa si es la primera vez que estuvo allí? Muchos lo relacionan con la reencarnación, con vidas pasadas y otras creencias. Otros creen que han soñado con anterioridad lo que está ocurriendo en ese momento, como si hubiera sido una especie de sueño premonitorio. Pero la neurociencia ya ha explicado este fenómeno como un comportamiento anómalo de la memoria. Ahora bien, ¿qué hacemos? ¿Continuamos aferrándonos a nuestras creencias o aceptamos una explicación alternativa, más acorde con la investigación científica? Depende de nuestra actitud, disposición e interés y también de lo que ese suceso signifique para nosotros.

Despojado de toda connotación religiosa, creo que para los asuntos de la vida cotidiana resulta más práctico ver para creer que lo contrario. Así, si alguien le dice que tiene un auto en excelentes condiciones para vendérselo, supongo que querrá verlo y examinarlo antes de comprarlo. ¿Por qué? Porque quiere evitarse un futuro dolor de cabeza.

La necesidad de confirmar nuestras creencias. ¿Por qué nos cuesta tanto cambiar una creencia?

Muchos científicos sostienen que las creencias poseen un valor de supervivencia, es decir, son funcionales para mantenernos vivos y alertas frente al peligro. El hombre prehistórico debía saber diferenciar un rostro amigable de uno amenazador. No poder hacerlo implicaba el riesgo de perder la vida. De manera que las creencias de hecho poseen un valor de supervivencia, aunque actualmente no sea más que para poder concentrarnos en lo que estamos haciendo y no estar analizando a cada segundo nuestro sistema de creencias. Si estamos en un examen en el que necesitamos concentración, de nada nos sirve preocuparnos por la seguridad de nuestro auto (¿Habrá quedado bien estacionado? ¿Me lo habrán robado?) ni de si lloverá a la noche o no. Por lo tanto nos conviene dar nuestras creencias por sentadas y dedicarnos a lo que nos interesa en el momento.

Para evitar llevar una vida caótica, debemos presuponer que muchas cosas están donde deberían estar, aunque no tengamos prueba alguna de ello. Como seres humanos, venimos arrastrando una herencia de cientos de miles de años y algunos comportamientos no pasan por la corteza cerebral sino más bien por lo que se llamó en algún momento “cerebro paleomamífero”. Ejemplos: algo que repta es peligroso, preferimos estar en una selva de día antes que de noche porque la oscuridad nos hace más vulnerables, cualquier sonido repentino e inesperado nos causa inquietud cuando estamos solos en una casa aislada y no hay comunicación con el exterior.

Por lo tanto, las creencias tienen un valor biológico innegable. Si estamos caminando por una calle solitaria, poco iluminada, en medio de la noche, y comenzamos a escuchar pasos detrás nuestro y el ruido de lo que parecería ser una navaja raspando contra la pared, es mejor que empecemos a correr e intentemos escapar lo antes posible antes que manifestar curiosidad, excepto que seamos tan valientes como esas estrellas de Hollywood que enfrentan todos los peligros en cualquier circunstancia.

Estrategias de autojustificación

Por muchas razones, entre ellas la de protegernos y mantener nuestras creencias, hemos desarrollado varias estrategias de autojustificación. Hemos aprendido a encontrar excusas, motivos, “razones” y toda una gama de argumentos para justificar un comportamiento o un pensamiento con el cual, en el fondo, no estamos de acuerdo o sentimos que “está mal”. Y es razonable: después de todo, lo que más nos importa es mantener nuestra “integridad”, aunque sea recurriendo a maniobras más o menos rebuscadas y engañosas. A continuación veremos algunos ejemplos.

Racionalizar no es razonar

No hace falta decirlo a viva voz, pero sí remarcarlo: racionalizar es algo bien distinto de razonar. Cuando razonamos, aunque lo hagamos mal, estamos intentando deducir, interpretar hechos a la luz de la razón, paso por paso, aplicando la lógica, y el resultado del proceso debería ser independiente de nuestros sentimientos y creencias. La racionalización, en cambio, consiste en crear estrategias para justificar “racionalmente” comportamientos o hechos, haciendo que éstos “calcen” con lo que ya creíamos anteriormente. También recurrimos a la racionalización para evitar la decepción, el desengaño y toda otra gama de sentimientos negativos que pueden aparecer si enfrentamos la cruda verdad. Así, somos proclives a desplegar toda una serie de justificaciones, explicaciones y argumentos para que no se “nos caiga la estantería”.

Clave: la racionalización es una de las patas del autoengaño.

¿Cómo puede alguien engañarse a sí mismo? ¿Acaso no sabe cuál es su propia realidad, no sabe que se está mintiendo a sí mismo? En general sí, lo sabe, pero recurre a las estrategias que mencionábamos para redimirse momentáneamente, para no sentir remordimientos, para no atormentarse, para que ese problema que le molesta deje de aguijonearlo, buscando una “explicación” hasta que (o para que) pase el chubasco y lo que hoy le molesta, pase mañana a un plano secundario o al olvido gracias a estas estrategias.

A veces, salir de una situación emocionalmente incómoda es equiparable a conseguir una pizca de felicidad, un alivio, una brisa reconfortante entre el smog de la cruda realidad. Esta sensación la experimentamos cuando dejamos para mañana lo que teníamos que haber hecho hoy (“estoy cansado, es mejor dejarlo para más adelante”, “hoy no era el día apropiado”, “mañana tengo más tiempo”, etc.).

De manera que la racionalización es una estrategia para mantener nuestras creencias o para “explicar” nuestros comportamientos, sentimientos y pensamientos con el objetivo de obtener como resultado una sensación reconfortante. En definitiva, es todo nuestro arsenal al servicio de la supervivencia, aunque después pueda costarnos caro.

Alejandro Borgo

Alejandro Borgo es Director del CFI/Argentina, periodista, escritor y músico. Ha participado en congresos de escepticismo, librepensamiento y filosofía. Ha escrito cuatro libros, Puede Fallar sobre predicciones fallidas de videntes, astrólogos y mentalistas en co-autoría con Enrique Màrquez, ¡¿Por qué a mí?!, sobre pensamiento crìtico,  ¿Te atrevés a ser libre? y Beatles. Lo que siempre y nunca escuchaste sobre ellos. Ha dirigido las revistas “El Ojo Escéptico” y “Pensar”, dedicadas a la divulgación de la ciencia, la razón y el pensamiento crìtico.