¡¿Por Qué a Mí?! Los Errores Más Comunes que Cometemos al Pensar.

Alejandro Borgo

La traición emocional

Ya había hablado sobre el difícil balance entre nuestros pensamientos, creencias y sentimientos. A riesgo de ser repetitivo, entiendo que es preciso enfatizar la importancia de estos tres factores a la hora de tomar decisiones e interactuar con el mundo.

Los pensamientos equivocados y las creencias infundadas pueden llevarnos a sentimientos adversos e incluso a trastornos severos (recordemos el rol de las distorsiones cognitivas en la depresión). A su vez, dichos sentimientos provocarán pensamientos equivocados o razonamientos erróneos, los cuales a su vez causarán más sentimientos desagradables, en una suerte de círculo vicioso que no tiene fin.

¿Cómo salir de esa trampa? Por algún lado hay que cortar el círculo. Dejar de estar tan pendientes de nosotros puede ser el principio del corte. Generalmente nos reprochamos cosas, nos endilgamos culpas, rumiamos sobre lo que podríamos o deberíamos haber hecho cuando en realidad ya es tarde para solucionarlo, ocupamos mucho tiempo pensando en problemas que nos preocupan aunque sabemos que no podemos resolverlos en el momento, es decir gastamos mucha “energía”, muchos recursos en pensamientos que no sólo no nos ayudan sino que nos perjudican notablemente. Es cierto que para salir del círculo a veces hay que recurrir a la psicoterapia o incluso a una terapia que incluya medicación. Pero, más allá de los diversos tratamientos que hoy existen, la cuestión es qué puede hacer uno mismo para salir del atolladero. Una buena medida es comenzar a forjar, poco a poco, una disciplina mental: podemos empezar por dejar de ser nosotros mismos el foco de nuestra atención y dirigir los pensamientos hacia otros asuntos o personas, incluso hobbies o tareas que, aunque nos parezcan nimias y banales, pueden ayudarnos con el “corte”. Salir a caminar y observar el paisaje, ir al cine, investigar un tema a través de la Internet, comenzar a coleccionar algo, encontrarnos con amigos y escucharlos en lugar de soltarles todas nuestras preocupaciones, programar actividades sin que ello implique pasarnos de la línea proponiéndonos logros inalcanzables.

Las personas que poseen intereses variados tienen mayor chance de cortar el círculo y disfrutar de la vida. En una palabra, la inacción promueve más y más pensamientos indeseables. Y dichos pensamientos, a su vez, como hemos visto, provocan sentimientos displacenteros. La cuestión es empezar a forjar esa disciplina mental, hacer el esfuerzo y darle tiempo para que se transforme en algo parecido a lo que conocemos como “hábito” o “costumbre”. Usted probablemente piense “sí, todo muy bien, pero no me resulta fácil”. Y es cierto: no es fácil salir de un círculo vicioso, pero si queremos hacerlo, tenemos que intentarlo de alguna manera.

El tándem pensamientos-sentimientos resulta en una poderosa interacción que a veces puede derivar en el temido círculo vicioso pero también puede proporcionarnos momentos de goce y felicidad. Desde que tenemos uso de razón estamos lidiando con ella. En cierto sentido, somos nuestros sentimientos y pensamientos.

Esto no puede ser casualidad, algo hay…

El rol de la coincidencia y la casualidad en la vida cotidiana: ¿por qué todo tiene que tener una causa?

Las personas tienden a infravalorar el papel del azar en la vida cotidiana. Hay hechos que son pura coincidencia, sin embargo, a veces nos cuesta aceptarlo. Y ello es porque permanentemente estamos buscando un “significado” a las cosas que nos ocurren.

La segunda razón por la cual todo tiene que tener una causa es que no toleramos la incertidumbre y la falta de respuestas. Tendríamos que acostumbrarnos, porque realmente hay hechos, fenómenos y muchísimas cosas a las cuales todavía no se les ha encontrado explicación. Pero que falte una explicación ahora, no significa que falte para siempre.

El mundo está lleno de coincidencias y casualidades. El cliché “hay causalidad, no casualidad” es un disparate cuyo origen está precisamente en el afán de explicarlo todo y querer encontrar una causa para todo.

Tomemos el caso de los famosos “sueños premonitorios”. Una persona sueña con algo, y al otro día le ocurre lo que soñó. ¿Casualidad? Parece difícil creerlo. Como no le encuentra explicación, la busca, y lo primero que aparece es: “esto no puede ser casualidad, soñé con algo que pasó, por lo tanto mi sueño fue premonitorio, hay un lazo, un nexo, entre mi sueño y la realidad”.

Ahora examinémoslo aplicando un poco de pensamiento crítico. Si aquí son las 15 horas, en los países de Asia será de madrugada, por lo cual habrá muchísima gente durmiendo. Teniendo en cuenta que la población mundial ya sobrepasa los 7 mil millones de habitantes, probablemente, entre las 13 y 15 horas de la Argentina, habrá aproximadamente más de 3 mil millones de personas que están durmiendo del otro lado del mundo y probablemente la mayoría de ellas recordará sus sueños, o parte de ellos. Teniendo en cuenta estas cifras, lo verdaderamente raro sería que nadie tuviera un sueño premonitorio. ¡Son más de 3 mil millones de sueños! Alguno se cumplirá. Así que el fenómeno no es ninguna maravilla esotérica, sino el producto de las llamadas “leyes del azar”. Pasa lo mismo con la lotería: una persona va a ganar el premio, pero hay miles que compraron billetes. Supongamos que hay 45.000 números disponibles. Si usted compra uno, la probabilidad de ganar el premio es de 1 en 45.000. Extremadamente baja. Pero de hecho sucede que hay alguien que gana. Probablemente al que gana, le resulte difícil encontrar una explicación para su acierto. Si cree en Dios dirá “el Señor me lo envió”, si no cree en Dios dirá “estaba escrito”. Pero difícilmente se le ocurra pensar que ganar el premio fue pura y exclusiva obra del azar.

Algo similar ocurre cuando pensamos en una amiga que no vemos hace mucho tiempo y damos la vuelta a la esquina y la encontramos… ¿Casualidad? ¿Cómo puede ser? “¡Justo estaba pensando en ella y me la encontré!”. Es cierto, es cierto. Pero no nos ponemos a recordar cuántas veces pensamos en ella ¡y no nos encontramos con ella! Lo más probable es que las veces que hayamos pensando en ella sin encontrárnosla sean muy superiores al hecho que nos llamó tanto la atención. Ya ve, muchos aspectos de la realidad no necesitan una explicación. Las cosas suceden, y muchas de ellas por casualidad.

Confusión entre causa y correlación: cómo formamos asociaciones incorrectas

Sin duda, hay varios hechos que están correlacionados. ¿Qué quiere decir esto? Vamos a dar un ejemplo. Supongamos que la cantidad de crímenes que ocurren en una ciudad ha aumentado en los últimos 50 años, pero la cantidad de luces que posee dicha ciudad, esto es, su alumbrado público, también ha aumentado, a lo mejor en la misma proporción. Si aplicamos una sencilla fórmula matemática, veremos que ambas medidas están correlacionadas: cantidad de crímenes y cantidad de luces. Por lo tanto terminamos concluyendo erróneamente que el aumento del crimen ¡es causa del aumento del alumbrado público! Sería más razonable que fuera precisamente al revés: si queremos prevenir el crimen, entonces pongamos más luces.

Podríamos haber cometido el mismo error tomando el precio de la leche –o de cualquier otra cosa– y comparando su aumento con el incremento correspondiente de la cantidad de crímenes… El hecho de que exista una correlación entre dos eventos no nos dice nada acerca de que uno sea la causa del otro. Como en el caso del hombre que va a jugar al casino y cree que su ropa o algún amuleto fue la causa de su buena suerte en la ruleta, podemos asociar miles de hechos, de a pares, y pensar equivocadamente que uno es causa del otro, aunque no exista la menor evidencia de ello.

Estamos predispuestos a hacer asociaciones incorrectas, en gran parte porque somos animales, y ese grado de “animalidad” es el que predomina ampliamente.

Muchos pseudocientíficos acuden a esta falacia, “A ocurre antes que B, por lo tanto A es la causa de B”. Puede ser así, pero no necesariamente. Esta manera de pensar es muy frecuente en las “cábalas” y en muchas supersticiones. Por lo tanto, deberíamos prestar atención a la distinción entre correlación y causa-efecto.

Podemos correlacionar cualquier cosa con otra, pero ello no nos garantiza que una sea causa de la otra. Es un buen comienzo para tener en cuenta.

Alejandro Borgo

Alejandro Borgo es Director del CFI/Argentina, periodista, escritor y músico. Ha participado en congresos de escepticismo, librepensamiento y filosofía. Ha escrito cuatro libros, Puede Fallar sobre predicciones fallidas de videntes, astrólogos y mentalistas en co-autoría con Enrique Màrquez, ¡¿Por qué a mí?!, sobre pensamiento crìtico,  ¿Te atrevés a ser libre? y Beatles. Lo que siempre y nunca escuchaste sobre ellos. Ha dirigido las revistas “El Ojo Escéptico” y “Pensar”, dedicadas a la divulgación de la ciencia, la razón y el pensamiento crìtico.