¡¿Por qué a mí?!: Los Errores Más Comunes que Cometemos al Pensar

Alejandro Borgo

Parte I

Introducción

Actualmente la programación es una carrera entre los ingenieros

de software tratando de construir más y mejores programas

a prueba de idiotas, y el Universo tratando de producir más

y mejores idiotas…

Por ahora, gana el Universo.

Rich Cook

Libro en el que está basada la serie de artículos que se publicarán en varias entregas

“A mí me pasan todas”, “¿Por qué me pasa esto?”, “No tengo suerte”, “Esta mala racha no se termina nunca”, “Una atrás de la otra”,“Siempre voy a ser un fracasado”.

No es raro encontrarnos con este tipo de pensamientos cuando examinamos nuestra historia o nuestro presente. En realidad, más que pensamientos, son creencias, generalmente infundadas, que no tienen sustento cuando las confrontamos con la realidad. En psicología se les llama distorsiones cognitivas. Su característica más sobresaliente es que están exageradamente centradas en uno mismo.

Miles de personas sufren por aquello que creen que solo a ellas les ocurre. Inclusive hasta podrían asegurar que son víctimas de un misterioso maleficio de origen desconocido. Y esa presunción o afirmación puede tener efectos devastadores para la salud, consumiendo energías que podrían utilizarse en actividades más provechosas.

La columna vertebral de esta serie de artículos es entonces la manera en que las personas manejan sus creencias y sistemas de creencias y cómo éstos influyen en sus vidas cotidianas, llevando el comportamiento hacia las variantes más extremas: el prejuicio, la generalización exagerada, el auto-engaño, las racionalizaciones y otro tipo de estrategias para hacer que la realidad “encaje” en lo que ya creemos de antemano.

Todos creemos que sabemos, pero no todos sabemos lo que creemos. Parece desconcertante, pero es así. En mis cursos sobre creencias y pensamiento crítico, pido inicialmente a los asistentes que anoten en una hoja cuatro o cinco cosas en las que creen. Luego de dar algunas definiciones sobre creencia, opinión, prejuicio, convicción y conocimiento, les solicito que escriban cuatro o cinco cosas que saben. Muchas veces el resultado es que la gente confunde lo que cree con aquello que sabe. Dicho de otra manera: confunde creencia con conocimiento.

La realidad no es “buena” ni “mala”

Nosotros somos los que lo pensamos así. Desde el optimista que siempre ve el costado positivo de las cosas hasta el más ferviente pesimista, las personas creen en muchas cosas y tienen variadas formas de creer. En este terreno no hay blancos y negros. Hay un continuo que cubre un gran espectro: optimismo-pesimismo, credulidad-descreencia, flexibilidad-rigidez, apertura mental-conservadurismo.

Muchos malentienden o tergiversan el verdadero rol de una creencia y, basándose en sus propios prejuicios, desembocan en el llamado pensamiento “blanco y negro”. Así, un excelente neurocirujano que manifieste su creencia en fantasmas o en fenómenos paranormales despertará sospechas: “¿Cómo te vas a dejar operar por un tipo que cree en semejantes cosas?”. Sin embargo, todos sostenemos creencias que no están fundadas y nos desenvolvemos normalmente en la vida. No hace falta estar loco para pergeñar universos paralelos, criaturas extrañas y escurridizas, vírgenes que lloran, estigmas que sangran o políticos que cumplen con las promesas electorales; ni para creer que mañana seguramente ganaremos la lotería o aparecerá un millón de dólares en la puerta de casa. Así que:

También me ocuparé de los enemigos del pensamiento crítico: la sobregeneralización (o generalización excesiva), la búsqueda de evidencia confirmatoria —con la intención de confirmar lo que ya creemos de antemano—, el descarte de aquello que no nos conviene o desafía o amenaza a nuestro sistema de creencias, el prejuicio, el auto-engaño, la racionalización, la predilección por las anécdotas (del estilo “mi prima tiene un amigo a cuyo suegro le pasó…”), los eslóganes, las verdades a medias y las falacias o razonamientos incorrectos. Y más importante todavía: cómo éstos impactan en nuestra vida cotidiana, cómo modelan y modifican nuestro comportamiento, cómo influyen en la toma de decisiones. Mucho de lo que usted va a leer aquí ya fue tratado por eminentes investigadores, psicólogos, neurólogos y filósofos.

No es poco: se trata de nuestra vida, tal vez la única que tendremos, según creo…

¿Cómo pensamos?

La verdad no es la realidad

Todo hombre, dondequiera que vaya, se encuentra rodeado por una nube de convicciones reconfortantes, que se mueven con él como moscas en un día de verano.

Bertrand Russell, Skeptical Essays, 1938.

Preguntémosle a la gente en qué cree y casi con certeza nos encontraremos con estas respuestas: “Creo en el Big-Bang”, “En la fuerza del cariño”, “En la telepatía”, “En los universos paralelos”, “En que en los días de lluvia el tránsito se complica”, “En la mala onda de la gente negativa”, “En la ciencia como fuente de conocimiento”, “En que la educación es buena”, “En que la Tierra gira alrededor del Sol”, “En que los políticos son corruptos”. En todas estas respuestas hay una mezcla de juicios de valor, expresiones de deseos y hechos comprobados.

Así, las creencias pueden ser fundadas o infundadas. Creer que en este momento Roma, Buenos Aires o París siguen existiendo es muy diferente a sostener creencias que no se corresponden con la realidad objetiva, sino con nuestra realidad subjetiva, como por ejemplo: “hay una conspiración de vampiros galácticos contra mí”, “no sirvo para nada” o “las hadas existen”.

Sin embargo, son muchas las personas que tienen creencias infundadas y un buen comienzo para desenredar el ovillo es preguntarse por qué. Todos tenemos nuestros sistemas de creencias —esto es, ideologías, sean filosóficas, políticas o religiosas— que no siempre están basadas en evidencias. Llevado al plano de nuestra vida cotidiana, creemos en montones de cosas de las cuales no tenemos la menor prueba. Y muchas veces actuamos en consecuencia.

Nuestras creencias, pensamientos y sentimientos son los que moldean nuestro mundo interior, y también nuestra forma de percibir y afrontar el mundo que nos rodea. No todos estamos preparados para detectarlos y sopesarlos y cómo éstos influyen en las decisiones que tomamos cotidianamente. Precisamente por eso nos sentimos a menudo confundidos, perturbados y con incertidumbre, o descontentos con nosotros mismos. No es casual: en la vida y en nuestra interrelación con los demás nos resulta difícil mantener equilibrados nuestros pensamientos, creencias y sentimientos.

El mundo en que vivimos es complejo y no es raro que nos sintamos confundidos a la hora de interpretarlo, sacar conclusiones y tomar decisiones. No es difícil perderse en la maroma de (des)información a la que estamos expuestos, ya sea a través de los medios o de los “conocimientos” que circulan boca a boca. Además, hay términos con significados diferentes que se banalizan y se usan indiscriminadamente.

Como ejemplo, tomemos los conceptos de “verdad” y “realidad”. Ésta última se refiere a la colección de objetos concretos, es decir, las cosas que existen en el universo, mientras que la verdad se refiere más bien a la concordancia entre nuestras ideas y la realidad. De manera que “verdad” y “realidad” son dos conceptos distintos.

Muchas veces parece que significan lo mismo, sobre todo cuando utilizamos un lenguaje coloquial. Si bien esta serie de artículos no pretende ser un manual de filosofía, es necesario hacer esta distinción. Por eso decimos que cada cual tiene su “verdad” (subjetiva)… aunque la realidad es una sola. Partimos de la base de que hay un mundo objetivo que existe independientemente de nuestros pensamientos y de nuestra conciencia en general.

Por supuesto, hay pensadores que niegan esta realidad y sostienen que el mundo exterior y objetivo no existe, que todo lo que vemos, tocamos y experimentamos ocurre dentro de nuestra conciencia. Pero… el que tenga argumentos para probar tal postulado ¡que tire la primera piedra! Una cosa es pensar que la propia conciencia y el yo son importantes para nosotros, lo cual resulta bastante obvio, pero de ahí a sostener que todo el universo se halla dentro nuestro, hay un enorme trecho. La conciencia no creó al universo; más bien ocurrió lo contrario: miles de millones de años de evolución permitieron que en el ser humano se desarrolle aquello que llamamos conciencia.

Hasta ahora, las investigaciones han mostrado que la mente es una función del cerebro –un objeto muy complejo, pero concreto–, y que si éste último no existiese, la primera no podría existir.

La mente no es algo que esté flotando por ahí, dando vueltas alrededor de nosotros, como si fuera un sustituto psicológico del “alma”, o una sustancia etérea y volátil independiente de nuestro sistema nervioso. Sería equivalente a afirmar que la digestión existe. No, la digestión es una función del aparato digestivo, cuyos órganos son los que existen como objetos concretos. Así que el que crea que la mente es una nube que revolotea por ahí llevando una existencia independiente de nuestro cerebro… ¡que tire el primer cascotazo!

Parece que nos fuimos por las ramas, pero no es así. Hay montones de presupuestos que mantenemos sin ninguna evidencia que los confirme. Pero, como es de esperar en una sociedad compuesta por personas e instituciones que desde chicos nos inculcan a “creer para ver” en vez de “ver para creer”, no puede sorprendernos que creamos en quimeras tales como fantasmas, ángeles y una vasta serie de floridos mitos. Pero sabemos que la imaginación no tiene límites…

¿Qué es una creencia? Sistemas de creencias. ¿En qué creemos y por qué? Fe, opinión, prejuicio, convicción y saber.

Así como nuestro cerebro lleva a cabo múltiples funciones de las cuales no somos conscientes, también sostenemos una gran cantidad de creencias, opiniones, prejuicios y convicciones que generalmente ignoramos, hasta que un hecho relacionado con ellas nos sorprende (grata o ingratamente) y nos saca, a veces a los empujones, de nuestra ignorancia.

Para tener un panorama preliminar sobre lo que significan estos términos, veamos qué dice el diccionario sobre ellos.

Estas dos primeras acepciones de la Real Academia Española no están nada mal, ¿verdad? Ya veremos que se acercan bastante al concepto de creencia. Por ahora destaquemos “asentimiento” y “completo crédito” como términos clave.

Si consultamos una obra especializada como el Diccionario de Filosofía de Mario Bunge, nos encontraremos con esta otra definición:

Creencia. Un estado de la mente o proceso mental que consiste en asentir a una proposición o conjunto de proposiciones. En la vida cotidiana, con frecuencia, la creencia es independiente de la verdad (…).

Aquí hallamos otra característica —quizá la más importante— con respecto a las creencias: éstas son independientes de la verdad. Pueden ser fundadas o infundadas, pero el primer rasgo distinguible en ellas es su autonomía respecto de la verdad. Así, en nuestra vida cotidiana nos manejamos con innumerables creencias, que pueden tener fundamento o no, pero que de alguna manera nos sirven, nos confortan o… nos perjudican. Muchas veces es importante que las revisemos, que las saquemos a la luz, que las confrontemos con la realidad para afrontar y solucionar aquellos problemas que se nos presentan día a día. No es una tarea fácil ya que nuestras creencias suelen estar fuertemente arraigadas y el solo hecho de asomarnos a la probabilidad de que no sean ciertas provoca escozor e incertidumbre. Examinarlas detenidamente, por lo tanto, conlleva ciertos riesgos, pero también puede proporcionarnos un alivio, en tanto y en cuanto descubramos que dichas creencias suelen ocasionarnos más inconvenientes que ventajas.

Como ejercicio individual, hagámonos unas pocas preguntas y veamos si podemos responderlas:

  • ¿Solemos pensar en lo que creemos?
  • ¿Nos damos cuenta cuándo una creencia es dañina?
  • ¿Por qué resulta tan difícil desprendernos de creencias equivocadas, esto es, que no se corresponden con la realidad?

Ya lo veremos más adelante, aunque no estaría mal ir pensándolo.

La fe, la opinión, la convicción, el prejuicio y los juicios de valor son integrantes de la misma familia, distintas muestras del mismo paño. La fe y el prejuicio comparten una característica: son infundados. Veamos una definición de “fe” del ya mencionado Diccionario de Filosofía:

Confianza ciega, creencia infundada. La fe no debe confundirse con la confianza, por ejemplo, en los amigos, en la solvencia de una empresa o en el poder de la razón. Toda confianza tiene algún fundamento y se debilita con las experiencias negativas. En cambio, la fe es inexpugnable a la experiencia, pues es ciega. (El subrayado es mío).

“Ciega” e “inexpugnable a la experiencia” son dos expresiones clave que definen lo que llamamos fe. Es decir, a pesar de que los hechos contradigan la fe de una persona, ésta no dejará de creer en lo que cree. Es más, muchas veces —sobre todo en el terreno religioso— la evidencia negativa fortalecerá la fe, porque la fe (la creencia ciega) es considerada una virtud y los hechos que la contradicen se suelen tomar como una prueba a la que está siendo sometido el creyente, frente a un mundo incrédulo y hostil. Si uno pasa la prueba, saldrá con la fe fortalecida.

Con respecto al prejuicio, encontramos la siguiente definición en el Diccionario de la Real Academia Española:

Aquí, los términos clave son “opinión previa” y “desfavorable”. En definitiva, juicio infundado, porque versa sobre algo que conocemos mal o que sencillamente desconocemos. Y no habría que subestimar el calificativo “tenaz”, ya que somos lo suficientemente estúpidos como para no poder abandonar un prejuicio, manteniéndolo por el resto de nuestros días.

Todos emitimos opiniones, que son dictámenes o juicios que nos formamos sobre algo cuestionable. Y también juicios de valor, que son apreciaciones subjetivas sobre cuestiones éticas, estéticas, políticas o filosóficas. Despiertan grandes controversias y ardientes debates, generalmente porque tienen un contenido ideológico subyacente.

Generalmente estos debates son estériles porque las partes no se escuchan entre sí y ven mutuamente trampas y malas intenciones o sencillamente ingenuidad, cuando el interlocutor expone conceptos, ideas o creencias que no están de acuerdo con su ideología. “Te lavaron el cerebro”, “te falta experiencia, eres muy ingenuo”, “no puedes criticar una ideología política sin haber ‘militado’ en ella”, son algunas de las expresiones más escuchadas…

Hablando de ideologías y fe, no podemos dejar de mencionar a la religión, definida como:

Sistema de creencias no contrastables en la existencia de una o más deidades, y que se acompaña de prácticas, principalmente el culto y el sacrificio (de uno mismo o de los demás).

Esta definición de Bunge continúa, pero quise rescatar la parte más importante a la hora de distinguir una característica saliente de la religión: “creencias no contrastables”.

Es un sistema de creencias, una ideología. El costado más apreciado de la religión no es la teoría sino la práctica, aunque la práctica (el cumplimiento de los preceptos religiosos) termina transformándose en teoría porque los que intentan llevarla a cabo —o dicen que lo hacen— son seres humanos y no santos inmaculados.

Resulta un tema muy controversial, como la política y la economía. Si uno intenta debatir en alguno de esos campos, en media hora se dará cuenta que los defensores y detractores de una determinada ideología terminan en monólogos incomprensibles para el otro, con lo cual la discusión se acaba, estancándose en un pantano. El profesor de filosofía Carlos E. Bertha expone claramente este diálogo de sordos en su artículo ¿Cómo puede ser una conversación necesaria e inútil al mismo tiempo?, donde relata una conversación sobre la existencia de Dios con sus dos hermanas, que termina en la nada:

“Reanudar la conversación acerca de la existencia de Dios con mis hermanas sería más o menos tan inútil como hablar con un colega que detesta las anchoas y tratar de convencerlo de que son divinas. La única diferencia es que creer que las anchoas son ricas no afecta ni a la vida eterna ni a la necesidad del uso de la razón”.

Claro, un mundo con Dios y otro sin él son incompatibles. La razón no admite creencias no contrastables, o si las admite, lo hace dejándolas en ese plano: sólo son creencias sin evidencia alguna. Donde la persona religiosa ve una verdad trascendente, el agnóstico o el ateo no ve más que quimeras inventadas por el ser humano. Esto no es una crítica a los creyentes: los ateos también suelen mantener creencias infundadas como cualquier persona.

A modo de ejemplo, podríamos citar algunos temas que suscitan debates que casi siempre acaban en la nada, por ejemplo:

  • Despenalización del aborto: este es un clásico entre los clásicos. El aborto –al igual que otros temas conflictivos–, es un problema de convenciones, definiciones y acuerdos.
  • Eutanasia: ¿hay que prolongar artificialmente la vida de alguien que agoniza sufriendo meses y meses? Acá hay mucha tela para cortar, sobre todo por parte de quienes experimentaron alguna vez la sala de terapia intensiva como pacientes… ya que de afuera, somos todos médicos.
  • Despenalización del consumo de drogas: ¿quién de los lectores sabe en qué grado la marihuana es peor que el alcohol? ¿Lleva la despenalización del consumo a un desenfrenado “todo vale” donde cualquiera puede hacer lo que le dé la gana?
  • Pena de muerte: ¿reduce el crimen? Hay, por supuesto, personas muy religiosas que están a favor de la pena de muerte: ¿entonces por qué alguien que defiende la vida como valor máximo oponiéndose al aborto apoya la pena de muerte?
  • La homosexualidad, ¿es una elección? Y la heterosexualidad ¿es entonces también una elección? ¿Elegimos ser “homos” o “héteros”? ¿Cómo se lleva a cabo esa elección? ¿O se trata más bien de una suerte de lotería biológica?
  • Casamiento gay: muchos se horrorizan porque los gays se casan con la aprobación de la justicia y del gobierno. ¿Por qué se horrorizan? Al mismo tiempo, y teniendo en cuenta que el matrimonio es una institución conservadora y en franca decadencia, ¿por qué los homosexuales quieren o necesitan casarse?
  • Adopción de niños por parte de parejas gay: ¿qué pasa con un niño adoptado por una pareja gay? ¿Cuando crezca también será gay? ¿Se volcará a la misoginia o al hedonismo?
  • ¿Está bien que una mujer mantenga a un hombre? Si querés ver cuánto cambiaron (o no) las cosas en los últimos cincuenta años, dile a tus padres que tú, siendo bióloga, te vas a vivir con un joven que se dedica al arte, al que vas a mantener porque te da la gana. Después de ver cómo se caen las mandíbulas de tus progenitores y se haga un silencio antes de que escuches “¡ése es un vago de mierda!” como todo comentario profundo, contame cuánto cambiaron las cosas…

Estos son solo algunos ejemplos. Los temas controversiales son muchísimos. Y la tenacidad de la gente en persistir en su postura y no ponerse de acuerdo es aún mayor.

Sobre la convicción diremos que es una creencia firmemente sostenida. Se distingue por su firmeza y puede expresar ideas muy variadas y diferentes. Pero, como vemos, no es otra cosa que un tipo de creencia, sólo que fuertemente arraigada. Es usual que las convicciones tengan un contenido moral, ético o ideológico. El soborno suele ser una buena enzima para que las convicciones se caigan a pedazos. De todos modos, las convicciones son primas de las creencias y, por lo tanto, pueden estar fundadas o infundadas.

En la vereda de enfrente nos encontramos con el saber que es, en cierta forma, opuesto al mundo de las creencias. Así, hallamos las siguientes acepciones:

En una palabra, estamos hablando del conocimiento. Y la diferencia que hay entre el conocimiento y las creencias y sus derivados es que el primero está fundado, probado, y cotejado con la realidad. Y si todavía no lo fue, potencialmente puede serlo. No estamos hablando sólo de conocimiento científico —que es el más acabado, sistemático y riguroso de todos—, sino también de uno más rudimentario y cotidiano, tal como dice la tercera acepción: “Tener habilidad para algo, o estar instruido y diestro en un arte o facultad. Sabe nadar.”

—¿Sabes nadar?

Sí.

—Bueno, tírate a la piscina.

¿Lo ve? No es tan difícil averiguar si una persona sabe nadar o no.

“¿Tienes conocimientos de inglés? Bueno, tradúceme una parte de esta hermosa canción”.

En otras palabras, aquí podemos tener una referencia, podemos contar con la evidencia que confirme lo que afirma la persona que dice conocer algo.

Comparémoslo entonces con aquella que dice comunicarse con el Más Allá, o asegura que puede hacer viajes astrales, que recibe mensajes divinos o que la televisión, Internet y la masturbación pudren el cerebro de los adolescentes (y de los adultos también). En estos casos, la prueba resulta mucho más difícil, compleja y rebuscada.

Como vemos, el conocimiento se acerca más a la verdad que las creencias y sus parientes: el prejuicio, la opinión, la fe y la convicción.

Como conclusión de esta primera parte, vamos a destacar que el mundo de las creencias es apasionante: puede resultar reconfortante y también devastador. Ello, sumado a que el pensamiento mágico, las estrategias de autojustificación y la memoria selectiva pueden ayudarnos a persistir en nuestros errores, nos da un primer pantallazo acerca de lo importante que pueden ser nuestros sistemas de creencias a la hora de actuar y tomar decisiones en todas las áreas de nuestra vida.

Alejandro Borgo

Alejandro Borgo es Director del CFI/Argentina, periodista, escritor y músico. Ha participado en congresos de escepticismo, librepensamiento y filosofía. Ha escrito cuatro libros, Puede Fallar sobre predicciones fallidas de videntes, astrólogos y mentalistas en co-autoría con Enrique Màrquez, ¡¿Por qué a mí?!, sobre pensamiento crìtico,  ¿Te atrevés a ser libre? y Beatles. Lo que siempre y nunca escuchaste sobre ellos. Ha dirigido las revistas “El Ojo Escéptico” y “Pensar”, dedicadas a la divulgación de la ciencia, la razón y el pensamiento crìtico.