¡¿Por qué a mí?! Parte II

Alejandro Borgo

Pensar no siempre es pensar correctamente

Esta es la segunda parte de la entrega de artículos basados en el libro “¡¿Por qué a mí?! Los errores más comunes que cometemos al pensar”, Ed. Planeta, 2011.

Pensamiento mágico

El pensamiento mágico es el que da origen a las supersticiones, las cábalas, los rituales, los sacrificios, el esoterismo en general, las mancias —o “técnicas” de adivinación— las falsas ciencias (también llamadas “pseudociencias”) y la religión. Una de sus características más salientes es inducirnos a establecer asociaciones incorrectas, haciéndonos confundir correlación con causa-efecto. Una cosa es que dos hechos estén correlacionados y otra cosa es que uno sea causa del otro.

Así, no es raro que una persona que va a jugar al casino y gana, crea que la clave de su éxito esté en la ropa que llevó ese día y no que el azar le deparó una noche agradable. De ahí en adelante, cada vez que vaya a jugar, es probable que use la misma vestimenta “porque con ella gané aquella noche”. Si pierde, atribuirá el motivo a otra causa (por ejemplo, a la presencia de una persona que le trajo mala suerte), pero seguirá usando sus amuletos y cábalas intentando vencer al azar y atraer la buena fortuna. Esta persona ha hecho una asociación incorrecta.

Es increíble, pero ¡hay mucha gente que cree que se puede vencer al azar! En los kioscos de diarios no es inusual ver libros con títulos del tipo Cómo ganar a la ruleta o Martingalas infalibles para ganar en el casino. Ya que esos libros se venden, debemos pensar que hay gente a la cual no le causa sospecha el hecho de que su autor —que ha descubierto cómo ganar a la ruleta— haya escrito un libro ¡para mostrarle su secreto al mundo entero! ¡El autor quiere que ganemos mucha plata, en vez de quedársela él! Por otra parte, tampoco se tiene en cuenta que si el libro realmente enseñara cómo ganar a la ruleta, los casinos del mundo ya estarían fundidos hace mucho tiempo…

Refrán que viene al caso: “Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía”.

No hay nada que hacer: el pensamiento mágico nos hace impermeables al razonamiento y muy permeables al engaño. Como decía un entrañable amigo de mi padre: “la gente dice ‘no hay dos sin tres’, ¡pero la verdad es que no hay tres sin dos!”. Por supuesto, fue un incomprendido…

Por otra parte, no deberíamos dejar a un lado el costado más peligroso del pensamiento mágico. Basta con recordar los crímenes perpetrados por la Santa Inquisición y por otras doctrinas discriminatorias, racistas y dictatoriales como las que sostuvo el régimen nazi durante el Tercer Reich o el estalinismo en la ex Unión Soviética.

En nuestra vida cotidiana hay toda una serie de engaños llevados a cabo por personas que apelan al pensamiento mágico para publicitar curas “milagrosas”, terapias “infalibles” para enfermedades diversas y toda una gama de charlatanes que va desde astrólogos a cirujanos “psíquicos”, incluyendo a economistas y políticos que apelan a recetas y soluciones mágicas que carecen de todo fundamento. Sólo apelan a la emoción y a la desesperación de gente que busca una solución a sus problemas.

Clave: el pensamiento mágico es un arma de doble filo que tarde o temprano terminará volviéndose contra nosotros, haciéndonos perder tiempo, salud o dinero, o las tres cosas a la vez.

Por eso debemos ser cautos y aprender a separar la paja del trigo. Esto lleva tiempo y depende muchísimo de nuestra disposición emocional. Cuando nos sentimos atraídos por una propuesta mágica, no razonamos y dejamos todo (es una forma de decir) en manos de nuestro sistema límbico, que es el que controla nuestras emociones. Por tal motivo, las explicaciones racionales muchas veces no hacen mella en nosotros. Estamos predispuestos a creer en lugar de razonar. Por ello, los discursos políticos, los sermones religiosos y buena parte de las publicidades apuntan a la emoción. Es indudable que llevan las de ganar: “le digo a la gente lo que quiere escuchar y listo, problema solucionado”. ¿Pruebas? Compruébalo asistiendo a un acto partidario, una misa o mirando televisión…

Sentido común

No es cierto el cliché que dice que el sentido común es el menos común de los sentidos. Si así fuera, no podríamos lidiar con el mundo y tal vez ni siquiera podríamos sobrevivir. Es cierto que muchas veces ponemos el carro delante del caballo o empezamos a construir la casa por el techo, pero sin el sentido común no hubiéramos llegado muy lejos. Es el primer paso hacia un pensamiento más elaborado: intentar razonar en gran parte gracias a la experiencia, aprender de los errores y lograr sobrevivir, pero sin un método precisamente estudiado y probado.

De una manera u otra, todos hemos adquirido la herramienta del sentido común –desde chicos, en nuestras casas y en la escuela, por ejemplo– que utilizamos en la vida diaria. Fuimos aprendiendo algunas cosas básicas: “si voy a cruzar la calle, mejor miro a ver si viene un automóvil”, “si salgo de casa, más vale que no deje las llaves adentro”, “si intento arreglar alguna conexión eléctrica, me convendría desconectar la corriente”, y así sucesivamente. Por lo tanto, no infravaloremos el uso del sentido común, ya que lo usamos más de lo que creemos, aunque no se note.

Ahora bien, resulta que la realidad suele ser contraintuitiva, y allí es donde el sentido común comienza a ser insuficiente para comprenderla y actuar en consecuencia. He aquí una de las limitaciones del sentido común: no se lleva bien con los vericuetos del azar, y no resulta una buena herramienta para comprender los eventos contraintuitivos.

Pese a ello, rescatamos el valor que tiene el sentido común y exhortar a usarlo es ciertamente un buen consejo para sobrellevar la vida cotidiana.

Pensamiento crítico

Según el sociólogo Howard Gabennesch, “el pensamiento crítico consiste en el uso de nuestras aptitudes racionales, ideas y valores para acercarnos a la verdad tanto como sea posible”.

Estas son las aptitudes racionales a tener en cuenta: analizar, sintetizar, interpretar, explicar, evaluar, generalizar, abstraer, ilustrar, comparar y reconocer falacias lógicas.

Claro, no es nada fácil, pero el pensamiento crítico es una herramienta poderosa para desenmascarar mentiras, falacias (razonamientos incorrectos), trampas y engaños. Ya que somos falibles, nos transformamos en jugosa carne de cañón para aquellos que quieren confundirnos o engañarnos con discursos o promesas de variada índole. No estoy recurriendo a ninguna “teoría conspirativa”, sino simplemente a lo que nos toca vivir en el día a día. Tampoco es necesario que alguien quiera engañarnos: muchas veces la intención puede ser buena y, si no disponemos de las herramientas adecuadas, terminaremos creyendo que un argumento erróneo es válido; gato por liebre, como se dice usualmente.

En realidad, todos hemos adquirido conocimientos que tienen que ver con el pensamiento crítico. Ya sea en la escuela secundaria o en la universidad, se nos enseña lógica así como los razonamientos erróneos. Lo que sucede es que se enseña de una manera más aburrida que la vida de una ameba… Casi nunca nos han proporcionado ejemplos prácticos de la vida cotidiana donde pudiéramos aplicar todos esos conocimientos, y éstos, con el pasar de los años, se atrofian. Por lo tanto, necesitamos volver a recordar para qué sirve la lógica y tratar de aplicarla. Se necesita temple, esfuerzo y ganas de aprender, pero los beneficios son altamente provechosos, excepto para aquellos que prefieren vivir escapándole a la realidad.

¿Estamos preparados para percibir el mundo tal cual es?

¡No! ¡Por supuesto que no! Somos malos observadores, con un rango de percepción muy limitado en todos nuestros sentidos. Confundimos formas o palabras, solemos ver objetos donde no los hay, escuchamos cosas que nadie pronunció… Ahora vamos a presentar, como muestra de nuestra percepción, ejemplos de un fenómeno que ilustra dos cosas: lo mal que percibimos y la función de “composición” que cumple nuestro cerebro. Son las conocidas ilusiones ópticas. Cuando decimos ilusión estamos dando por sentado que existe un objeto en el mundo externo y que lo estamos percibiendo, aunque en forma errónea. Es un fenómeno distinto de la alucinación, donde lo que alucinamos no existe en el mundo exterior sino solamente en nuestro cerebro. Aquí vamos a concentrarnos sólo en las ilusiones ópticas, dejando a un lado las alucinaciones.

Tomemos como ejemplo la Figura 1. ¿Cuántos triángulos ve en ella? Algunos dicen seis, otros doce…

Figura 1. ¿Cuántos triángulos hay?

Pero la verdad es que no hay ningún triángulo. Solamente tenemos esferas caladas como en el pacman de los videojuegos, líneas incompletas y fondo blanco. Parece que entre las tres esferas dispuestas como los vértices de un triángulo, hubiera efectivamente un triángulo. Pero no hay ni uno. Nuestro cerebro es quien se encarga de completar las figuras, haciendo que ciertos espacios en blanco se “transformen” en figuras triangulares. Si nos dicen que miremos el fondo blanco e intentemos describir la forma que tiene, nos resultará imposible. El fondo blanco es irregular. Es mucho más fácil distinguir y describir las figuras (reales o aparentes).

Errores de la percepción

 El cerebro: la máquina de encontrar patrones

 Uno de los rasgos que nos caracteriza, y que ha devenido del proceso de selección natural, es que evolucionamos para transformarnos en criaturas habilidosas, buscadoras de patrones y “preparadas” para encontrar causas. Y como es de esperar, aquellos que no eran capaces de identificar patrones importantes (por ejemplo, “tal tipo de serpiente es venenosa”) tenían menos probabilidades de sobrevivir y reproducirse, tal como dice el escritor e historiador de la ciencia Michael Shermer.

 

Según el psicólogo Todd Riniolo, uno de los casos clásicos es el de una primera cita con alguien que nos gustó. La pasamos bien y queremos ver a esa persona por segunda vez. Ésta deja perfectamente claro que nos va a llamar por teléfono mañana mismo para salir el próximo fin de semana. Ahora bien, ¿qué sucede si a medida que transcurren las horas del día siguiente no recibimos el llamado? Nuestra máquina de buscar patrones comienza a funcionar inmediatamente. ¿Acaso la persona tuvo algún accidente? ¿Dijo que la pasó bien pero en realidad no le gustamos y por eso no nos llama? Comenzamos a tejer las más variadas hipótesis. A veces acertamos, pero a veces no. Sin embargo, si nos vuelve a pasar algo similar, procederemos casi seguramente de la misma manera.

Lo importante aquí es rescatar que difícilmente nos quedemos contentos con una explicación objetiva e imparcial. Más bien buscamos —y encontramos— algo que satisfaga lo que intuimos o ya pensábamos de antemano.

Clave: muchas veces ponemos el carro delante del caballo y hacemos que prevalezcan las “explicaciones” que mejor calzan con nuestros deseos, anhelos, expectativas e incluso con nuestros miedos, antes que buscar una visión más objetiva de las cosas que nos pasan.

Las pareidolias

 ¿Nunca vio rostros o formas de animales o personas en las nubes? ¿Alguna vez escuchó su nombre en la calle o en una reunión, entre el murmullo general, sin que nadie lo pronunciara? ¿No le pasó que confundiera una voz o la figura de un extraño con la de una persona que conocía?

Ese fenómeno se llama pareidolia. Es muy frecuente entre quienes suelen encontrar mensajes satánicos en canciones pasadas al revés o buscan una comunicación con el Más Allá utilizando grabadores. Es casi seguro que si pasamos una canción al revés encontremos algunas palabras que tengan significado, pero ello sólo es el producto del azar, aunque a muchos les parezca todo lo contrario. En general tendemos a infravalorar la influencia de la casualidad en nuestras vidas. Los “mensajes satánicos” suelen escucharse en discos de Black Sabbath, AC/DC, Metallica, Led Zeppelin y otros grupos de rock, pero también hay quienes los encuentran en grabaciones de Xuxa, Luis Miguel o Jairo.

Una simple mancha de humedad en la pared suele “tomar forma” y así convertirse en la imagen de una virgen, un santo o cualquier otra cosa, pero raramente se transforma en algo banal. Nadie ve una banana o un sandwich en la pared. Casi siempre la figura tiene un significado trascendente, sea religioso, místico o esotérico, o contiene un mensaje, aunque éste permanezca oculto y no sea claramente advertido por cualquier mortal.

Podemos admirar una prueba de la fabulosa capacidad que tiene el cerebro de “armar” las cosas para que tengan sentido con el siguiente ejemplo. Intentemos leer estas oraciones aunque parezcan escritas en un idioma cuasi-alienígena:

Cauqlier fasre peude lreese meirtas que cdaa plaarba cntongea la pmirrea ltrea y la úmtlia.

Etso da una puata de la bsqueuda de ptranoes que cnotniene nsuerto cbreero.

Mientras que cada palabra contenga la primera y la última letra, el orden del resto de las letras no importa: podemos leerlo igual. Tal vez si probáramos con algún niño que recién está aprendiendo a leer, intentaría una lectura textual y le sería engorroso acertar con las palabras. Pero nosotros, que ya leemos hace tiempo, no tenemos ningún problema en leerlas de corrido aunque las letras interiores estén desordenadas. De manera que el cerebro “arma” lo que se halla “desarmado”, intenta darle sentido, le da significado. En resumen: nos da lo que necesitamos. Cuando no puede lograrlo, aparece una de las sensaciones más desagradables que experimenta el ser humano: la incertidumbre. Todos buscamos certezas —incluso aunque sean decepcionantes y hasta peligrosas— porque no toleramos la incertidumbre. Sentimos que las cosas tienen que tener una explicación. Cuando no la encontramos, nos sentimos inquietos e incómodos, entonces la inventamos y la ansiedad y la tensión disminuyen notablemente. Lamentablemente, este tipo de comportamiento ha retrasado mucho el progreso del conocimiento y la investigación. Si ya tengo la respuesta o la explicación, ¿para qué seguir o pensar en alguna alternativa? Abundan los casos de pareidolias. Dos de los más famosos son la cara de Jesucristo descubierta por una mujer en una tostada y el rostro del demonio en el humo cuando se produjo el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, Estados Unidos, en septiembre de 2001.

Nuestra memoria falla: olvidamos lo que pasó y recordamos lo que no fue

Nuestra memoria no es perfecta. Cuando recordamos algún episodio de nuestra vida, no lo hacemos de manera precisa. Agregamos cosas, quitamos otras, con el paso del tiempo distorsionamos vivencias y nuestro análisis va cambiando de acuerdo a nuestros estados emocionales. Es probable que algo que en algún momento vivimos como “positivo” se transforme, a la luz de nuestro presente, en algo que hoy nos provoca dudas y deje algún margen para la autocrítica, en ciertos casos impiadosa. Por ejemplo, podemos pensar en nuestro primer amor, o nuestra primera relación, o en el día en que nos casamos. Si ese camino nos ha llevado a una separación, o a un divorcio que deja un sabor rancio en nuestro paladar interior, probablemente pensaremos: “¡Qué equivocado estaba en ese momento!”, “¿Cómo no me imaginé lo que iba a venir?”, y comencemos a rumiar pensamientos que han devenido en culpas o recriminaciones por lo que hemos vivido después de ese primer encanto edulcorado y edulcorante. A lo mejor hasta empezamos a recordar detalles que habíamos pasado por alto y nos reprochamos: “¿Cómo no me di cuenta?”.

Así, mezclamos nuestros recuerdos y no somos capaces de seguir un relato lineal de aquello que nos pasó. Es que tal historia lineal, no existe en realidad. La hemos construido, cambiado, distorsionado. Lo que existe es nuestro presente, prisma a través del cual solemos recordar lo que nos ocurrió. Tendremos así una visión presente de nuestro pasado, a la luz de lo que nos dictan nuestros pensamientos y sentimientos actuales.

Es decir, no sólo no recordamos bien sino que —en determinadas ocasiones— recordamos aquello que no sucedió: creamos situaciones, hechos, objetos y vivencias que nunca existieron. Recuerde con sus amigos y amigas alguna reunión en la que pasó algo destacable, que llamó la atención, y verá que cada uno tiene un recuerdo diferente. Alguien se perdió varios detalles, otra no recuerda quién era o cómo era esa amiga de la que están hablando, otro agrega un elemento que nadie percibió o algo que nadie dijo o escuchó, la mayoría no recuerda la fecha exacta en que se hizo el encuentro… También nos pasa con las películas que vimos hace mucho tiempo. Nos pareció fabulosa, tal vez la mejor que hayamos visto, pero cuando la volvemos a ver veinte o treinta años después, ya no nos parece tan buena. Le encontramos algunos detalles naïve, algunas escenas nos parecen menos inteligentes de lo que nos habían parecido. Claro, han pasado los años y la película es la misma, los cambiados somos nosotros.

Es como si fuera un sueño: aparecen y desaparecen personas y cosas y hay períodos en blanco que no podemos recordar. A veces es como una pesadilla: hay varios “terapeutas” que nos incitan a recordar cosas que en realidad no ocurrieron. Por ejemplo, se han documentado casos de “profesionales” que crearon recuerdos de abuso sexual infantil en los pacientes para explicar sus comportamientos presentes. Aunque no lo creas, se ha llegado a generar recuerdos de “vidas pasadas” para explicar por qué un paciente sufre de un determinado desorden… No nos alcanza para lidiar con los problemas y padecimientos de nuestra vida actual y encima ¡nos quieren meter recuerdos y conflictos provenientes de una vida pasada! Lo decimos graciosamente, pero este tipo de recuerdos implantados (sobre abusos sexuales) ha llevado a gente inocente a la cárcel, así que no es aconsejable hacer terapias que se basen en recuperar “recuerdos olvidados”. Muchas veces pueden ser producto de la fantasía del terapeuta.

Memoria selectiva

Teniendo en cuenta que nuestra memoria no es la de una computadora –a menos que sea una computadora que tenga hormonas y neurotransmisores– y que es defectuosa, imprecisa, lábil y está expuesta a distorsiones más o menos considerables, no debemos olvidarnos de una característica emparentada con la dinámica de las creencias: tenemos una memoria selectiva. Esto significa que seleccionamos partes de nuestra vida o de momentos de nuestra vida, precisamente aquellas que confirman o concuerdan con nuestras creencias. Por ejemplo, no es raro que luego de consultar a una vidente, alguien pronuncie el cliché “me acertó todo”. Puede haber acertado dos predicciones en veinte que hizo, pero quien consultó recordará los dos aciertos y de allí en más hará una generalización excesiva que desembocará en la frase antedicha. No hay caso, no intentemos convencer al cliente de que hasta un niño o una máquina pueden tirar veinte predicciones al azar y acertar la misma cantidad. Los desaciertos quedarán en el olvido o serán reinterpretados a la luz de lo que quiera creer. Ahora, tengamos cuidado: lo que quiera creer no tiene que ser siempre positivo. ¿No conoce gente que sólo recuerda las experiencias negativas y se la pasa rumiando y quejándose casi permanentemente de su desdichada vida? Allí también funciona selectivamente la memoria. Por lo tanto, nos encontramos ante un tema difícil de comprender y que no tiene una sola lectura. Lo que sí está claro es que, así como seleccionamos la evidencia que concuerde con nuestras creencias y evitamos enfrentarnos con aquella que contradiga nuestro sistema de creencias, de la misma manera nuestra memoria se comporta selectivamente, recortando un poco aquí, olvidando un poco allá, destacando otro tanto más acá, es decir, seleccionando y descartando sucesivamente.

Alejandro Borgo

Alejandro Borgo es Director del CFI/Argentina, periodista, escritor y músico. Ha participado en congresos de escepticismo, librepensamiento y filosofía. Ha escrito cuatro libros, Puede Fallar sobre predicciones fallidas de videntes, astrólogos y mentalistas en co-autoría con Enrique Màrquez, ¡¿Por qué a mí?!, sobre pensamiento crìtico,  ¿Te atrevés a ser libre? y Beatles. Lo que siempre y nunca escuchaste sobre ellos. Ha dirigido las revistas “El Ojo Escéptico” y “Pensar”, dedicadas a la divulgación de la ciencia, la razón y el pensamiento crìtico.